Me entretuviste para que no me quedara dormida. Hablamos mucho, eres maravilloso e ingenuo, mientras acariciabas con tu índice el borde de mi oreja derecha, la que solía tener un pendiente en el cartílago. Ese dedo viajó a mi boca, tomó aire y se escurrió hasta llegar al principio de mi escote. Me lees tan bien. No llevaba botones, como los de un ascensor, no tenía forma de parar y tampoco quería. Empezaste por abajo, quitándome los zapatitos de cristal, agarrándome de los tobillos, con sutileza. Las ventanas estaban entreabiertas, no sé si para dejar algo de nosotros fuera o para que la mañana entrara en el dormitorio. Un débil hilo de luz iluminaba tus muecas empañadas por el deseo. Dibujaste mis clavículas. Tus dedos tamborilearon sobre mis tirantes negros. Y me hiciste suspirar. Con las bragas puestas, y sin ellas. Con todas las ganas acumuladas. No recuerdo si en algún momento te dije que no, entregada a todo lo que me proponías con tu lengua. Mi histeria quedó tan al margen que tan sólo sé que te aferraste a mis caderas, me lamiste las rodillas y te quedaste dormido entre mis piernas.

Saluditos Samantha Jones