Queres que te de varios segundos de mi hora del café. Escucho tus explicaciones, te deshaces en excusas, mirandome con embeleso. Te permito la posibilidad del ridículo.

Yo tan objetiva como un análisis de sangre, temo que se me cuele unas cuantas enfermedades infecciosas. Puede que Baudelaire no se equivocara cuando decía que el amor es la necesidad de salir de uno mismo. Pero, no soy capaz de salir de mi desde hace demasiado tiempo. Me siento como esas princesas de los cuentos, encerrada en lo más alto de la torre; trenzando mi pelo y leyendo de manera compulsiva. Contextualizando el hastío, narrando mi propio suicidio, recreando el delirio a imagen y semejanza de una pesadilla recurrente. Fantaseando con la idea de atravesar el espejo y comerme todas las propuestas de Estado que proponga la Reina de Corazones. Siguiendo al conejo blanco.

Extraño el alto grado de toxicidad en sangre. Las nubes en el estómago, amenazando tormenta. La confabulación de los astros y mi colección de pelotas de goma.

Queres que te de varios segundos de mis horas de sueño. Dejarte trasnochar, que te pierdas más allá de la ventana, por los tejados, para que leas el contexto como si fuera la primera vez que me abrís como una tórtola por el cuchillo de la pasión. Te gusta verme así abierta en canal comiéndome los peros. Bebiéndome los porqués y tal vez llegar a vomitar un te quiero.

Entiendo la necesidad del ridículo!

Hasta el próximo post, saludiitos, Samantha Jones.